PAIS:COLOMBIA
Encontré tú pagina por aquellas cosas del azar, hace como un año y
siempre he visto una sana preocupación por la sociedad, denunciando el
fascismo en todas las latitudes donde aparece, es en esto donde
encuentro
al señor Max Horkheimer. Quien fue uno de los fundadores de la escuela
de Frankfurt y en su momento cumplía esta misma labor, hoy inclusive
sus
estudios siguen con cierta vigencia. en cuanto a Estanislao Zuleta ahí
te envié una conferencia que dicto en una universidad Colombiana,
felicitaciones por tu pagina.
Atentamente
Hipólito López Urueña
SANT JORDI ES TAMBIÉN EL DÍA DEL LIBRO
ELOGIO DE LA DIFICULTAD
* Conferencia que el Doctor Estanislao Zuleta presentó en el acto
mediante el cual la Universidad del valle le otorgó el titulo Honoris
Causa en Psicología..
La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de
una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad.
Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de
Cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y
sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo; un
océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas
afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.
Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas, sino fuera porque
constituyen el modelo de nuestros propósitos y nuestros anhelos en la
vida practica.
Aquí mismo en los proyectos de la existencia cotidiana, más acá del
reino de las mentiras eternas, introducimos también el ideal tonto de
la seguridad garantizada, de las reconciliaciones totales, de las
soluciones definitivas. Puede decirse que nuestro problema no consiste
solamente ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo
que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos; que nuestra
desgracia no está tanto en las frustraciones de nuestros deseos, como
en la forma misma de desear. Deseamos mal. En lugar de desear una
relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra
capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin
sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última
instancia un retorno al huevo. En lugar de desear una sociedad en la
que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer
efectivas nuestras posibilidades , deseamos un mundo de la
satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente
recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y
preguntas abierta, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar
cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por
caudillos que desgraciadamente si han existido.
Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado
del paraíso, nuestro pecado es que queremos regresar a él.
Desconfiemos de las mañanas radiantes en las que se inicia el reino
milenario. Son muy conocidos en la historia, desde la antigüedad hasta
hoy, los horrores a los que pueden y suelen entregarse los partidos
provistos de una verdad y de una meta absolutas, las iglesias cuyos
miembros han sido alcanzados por la gracia -por la desgracia- de una
revelación. El estudio de la vida social y de la vida personal nos
enseña cuan próximos se encuentran una de otro la idealización y el
terror. LA idealización del fin, de la meta y el terror de los medios
que procurarán su conquista. Quienes de esta manera tratan de someter
la realidad al ideal, entran inevitablemente en una concepción
paranoide de la verdad: en un sistema de pensamiento, que los que se
atrevieran a objetar algo quedan inmediatamente sometidos a la
interpretación totalitaria: sus argumentos, no son argumentos, sino
solamente síntomas de una naturaleza dañada o bien máscaras de
propósitos malignos. En lugar de discutir un razonamiento se lo reduce
a un juicio de pertenencia al otro – y el otro es, en este sistema,
sinónimo de enemigo-, o sea procede a un juicio de intenciones. Y en
este sistema se desarrolla peligrosamente hasta el punto en que ya no
solo rechaza toda oposición, sino también toda diferencia: el que no
está conmigo está contra mi, y el que no está completamente conmigo,
no está conmigo. Así como hay, según Kant, un verdadero abismo de la
Razón que consiste en la petición de un fundamento último e
incondicionado de todas las cosas, así también hay un verdadero abismo
de la acción, que consiste en la exigencia de una entrega total a la
“causa” absoluta y concibe toda duda y toda crítica como traición o
como agresión.
Ahora sabemos que por una amarga experiencia que este abismo de la
acción, con sus guerras santas y orgías de fraternidad no es una
característica exclusiva de ciertas épocas del pasado o de
civilizaciones atrasadas en el desarrollo científico y técnico; que
puede funcionar muy bien y desplegar todos sus efectos sin abolir una
gran capacidad de inventiva y una eficiencia macabra. Sabemos que
ningún origen filosóficamente elevado o supuestamente divino, inmuniza
a una doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de
la lógica paranoide que afirma un discurso particular –todos lo son-
como la designación misma de la realidad y los otros como ceguera o
mentira.
El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se
embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática,
basada en una palabra infalible, consiste en que suprimen la
indecisión y la duda, la necesidad de pensar por sí mismo, otorgan a
sus miembros una identidad exaltada por participación, separan un
interior bueno –el grupo- y un exterior amenazador. Así como se ahorra
sin duda de la angustia, , se distribuye mágicamente la ambivalencia
de un amor por lo propio y y un odio por lo extraño y se produce la
más grande simplificación de la vida, la más espantosa facilidad. Y
cuando digo aquí facilidad, no ignoro ni olvido que precisamente este
tipo de formaciones colectivas, se caracterizan por una inaudita
capacidad de entrega y sacrificios; que sus miembros aceptan y desean
el heroísmo, cuando no aspiran a la palma del martirio. Facilidad, sin
embargo, por que lo que el hombre teme por encima de todo no es la
muerte y el sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la
angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de combinar
el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto.
Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticos y
de los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que
le fueron extrañas en su origen, es el descrédito en el que cae el
concepto de respeto, ni de reciprocidad, ni de vigilancia de normas
universales. Estos valores aparecen más bien como males menores
propios de un resignado escepticismo, como signos de que se ha
abdicado las más caras esperanzas. Porque el respeto y las normas sólo
adquieren vigencia allí donde el amor, el entusiasmo, la entrega total
a la gran misión, ya no pueden aspirar a determinar las relaciones
humanas como el respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo
puede afirmarse allí donde ya no se cree que la diferencia puede
disolverse en una comunidad exaltada, transparente y espontánea, o en
una fusión amorosa. No se puede respetar el pensamiento del otro,
tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias,
ejercer sobre él una crítica, válida también en principio para el
pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando
creemos que la verdad habla por nuestra boca; porque entonces el
pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo
de su diferencia con nuestra verdad es prueba contundente de su
falsedad, sin que se requiera de ninguna otra. Nuestro saber es el
mapa de la realidad y toda línea que se separe de él sólo puede ser
imaginaria o algo peor: voluntariamente torcida por inconfesables
intereses. Desde la concepción apocalíptica de la historia de las
normas y las leyes de cualquier tipo, son vistas como algo demasiado
abstracto y mezquino frente a la gran tarea de realizar el ideal y de
encarnar la Promesa; por lo tanto sólo se reclaman y se valoran cuanto
ya no creen en la misión incondicionada.
Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización no es
generalmente que se aprenda a valorar positivamente lo que tan
alegremente se han desechado o estimado sólo negativamente; lo que se
produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de pesimismo,
escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces que una crítica a
una sociedad injusta, basada en la explotación y la dominación de
clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por una
organización social racional e igualitaria sigue siendo necesario y
urgente. A la desidealización sucede el arribismo individualista que
además piensa que ha superado toda moral por el solo hecho de que ha
abandonado toda esperanza de una vida cualitativamente superior.
Lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que de todos
modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una
sociedad diferente sin caer en la interpretación paranoide de la
lucha. Lo difícil, pero también lo esencial es valorar positivamente
el respeto y la diferencia, no como un mal menor y un hecho
inevitable, sino como lo que enriquece la vida e impulsa la creación y
el pensamiento, como aquella sin lo cual una imaginaria comunidad de
los justos contraria al eterno hosanna del aburrimiento satisfecho.
Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo
fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre las cosas
mismas, sobre la predilección por todo aquello que no exige de
nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a
desplegar nuestras posibilidades.
Hay que observar con cuanta desgraciada frecuencia nos otorgamos a
nosotros mismos, en la vida social y colectiva, la triste facilidad de
ejercer lo que llamaré una no reciprocidad lógica; es decir el empleo
de un método explicativo completamente diferente cuando se trata de
dar cuenta de los problemas, los fracasos y los errores propios y los
del otro cuando es adversario o cuando disputamos con él. En el caso
del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha
pasado, es una manifestación de su ser más profundo; en nuestro caso
aplicamos el circunstancialismo, de manera que aún los mismos
fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por alguna
desgraciada coyuntura. El es así, yo me vi obligado. El cosechó lo que
había sembrado; yo no pude evitar el resultado. El discurso del otro
no es más que un síntoma de sus particularidades, de su raza, de su
sexo, de su neurosis, de sus intereses egoístas; el mío es una simple
constatación de los hechos y una deducción lógica de sus
consecuencias. Preferíamos que nuestra causa se juzgue por los
propósitos y la adversaria por los resultados.
Y cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no reciprocidad
lógica que es siempre una doble falsificación, no sólo irrespetamos al
otro, sino también a nosotros mismos, puesto que nos negamos a pensar
efectivamente el proceso que estamos viviendo.
La difícil tarea de aplicar un mismo método explicativo
y crítico a nuestra posición y a la opuestano significa
desde luego que consideremos equivalentes las doctrinas, las metas y
los intereses de las personas, los partidos, las naciones en
conflicto. Significa por el contrario que tenemos suficiente confianza
en la superioridad de la causa que defendemos, como para estar seguros
de que no necesita, ni le conviene esa doble falsificación con la cual
la verdad, podría defenderse cualquier cosa.
En el carnaval de miseria y derroche propio del capitalismo tardío se
oye a la vez lejana y urgente la voz de Goethe y Marx que nos
convocaron a un trabajo creador, difícil, capaz de situar al individuo
concreto a la altura de las conquistas de la humanidad.
Dostoievski nos enseño a mirar hasta donde van las tentaciones de
tener una fácil relación interhumana: van no sólo en el sentido de
buscar el poder, ya que si no se puede lograr una amistad respetuosa
en una empresa común se produce lo que Bahro llama intereses
compensatorios: la búsqueda de amos , el deseo de ser vasallos, el
anhelo de encontrar a alguien que nos libere de una vez por todas del
cuidado de que nuestra vida tenga un sentido. Dostoievski entendió,
hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede
de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las
seguridades porque nos evitan la angustia de la razón.
Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el
pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo,
el arte y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge
la lucha de los proletarios que ya saben que en un trabajo insensato
no se paga con nada, ni con automóviles ni con televisores; surge la
rebelión magnífica de las mujeres que no aceptan una situación de
inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección
desesperada de los jóvenes que no pueden aceptar el destino que se les
ha fabricado.
Este enfoque nuevo nos permite decir como Fausto:
<<También esta noche, Tierra, permaneciste firme.
Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor.
Y alientas otra vez en mí
la aspiración de luchar sin descanso
por una altísima existencia>>.
Una publicación de:
Fundación Estanislao Zuleta