Sarajevo (Bòsnia), Palestina. Europa, Àsia. Escenaris de confrontació
amb el món musulmà, sense reconciliació possible?. Antònia

Manifestación en Barcelona del domingo.
Queridos e-amigos/as:
Estamos en medio de una campaña
de recogida de firmas (un millón), para un texto dirigido a Mary
Robinson, Alta Comisionada de la ONU para los DDHH, que puede ayudar a
los abogados belgas para el Procesamiento de Ariel Sharon.
Tenemos ya más de trescientas
sesenta mil firmas (360.000).
Urge que podáis firmar y
reenviar la información a cuantas direcciones y foros tengáis acceso.
Aquí
está texto en español.
Aquí está el vínculo para poder sumar tu
firma.
Entre todos podemos conseguir, al igual
que ocurrió con Safiya Husaini,
que la matanza que cada día está ocurriendo entre
los ciudadnos israelitas y palestinos, ordanedas por el sanguinario de
Ariel Sharon acabe de una vez y se consiga la
PAZ entre los pueblos.
Comparto con todos los que tengan el criterio bien claro sobre el
desnudo del cuerpo humano por ser este una obra perfecta de la
naturaleza
saludos para todos los naturistas
Oporto
Hola soc en Joan.F de la web
www.entreperoles.net la teva web d'humor esta molt be.
Comentario:
Un poco de Historia y de cordura informativa
ELPAIS.ES
EDICIÓN
IMPRESA > opinión
Historia y Oriente Medio
No creo que tenga explicación cabal la combinación de
desconocimiento, deformaciones históricas deliberadas, ocultaciones
sistemáticas y adjetivación tendenciosa que impregna la información que
sobre la fase actual del conflicto árabe-israelí estamos suministrando
en España. Es un hecho que, al menos desde la Intifada de 2000 y ante la
durísima respuesta de Sharon frente a aquélla, la opinión española sobre
el conflicto palestino-israelí es una opinión agresivamente anti-israelí.
Sin duda que existen motivos para ello. Lo que sorprende no es la
condena de Israel: lo que no se entiende es la beligerancia inaudita de
nuestros medios de información -radios y televisiones: la prensa escrita
es otra cosa- al respecto (por lo que ejercicios como el que sigue
-replantear con prudencia algunas cuestiones históricas relevantes- son,
así, completamente inútiles). No creo, con sinceridad, que se trate de
antisemitismo encubierto, sino de ese falso populismo progresista, de
raíz en última instancia católica, en que vive instalada la conciencia
de una mayoría de españoles. España, con todo, debería ser prudente: es
país, en efecto, de fortísima tradición católica y cristiana, y las
responsabilidades del pensamiento y de las autoridades eclesiásticas
cristianas y católicas en la historia del antisemitismo son
sencillamente sobrecogedoras.
Por empezar con la cronología: la tesis, a menudo repetida en
nuestros medios de información, de que el conflicto árabe-israelí tiene
ya cien años, es casi una tesis oficialista palestina. Pretende remontar
el conflicto a la fundación del movimiento sionista en 1897, y no al
rechazo de los países árabes en 1948 a la resolución de la ONU que
acordó la partición de Palestina en dos Estados, uno árabe y otro
israelí con Jerusalén como ciudad internacional. El hecho, sin embargo,
es que la aparición del movimiento sionista fue algo ajeno a Oriente
Medio. Fue una respuesta al antisemitismo europeo materializado en el
affaire Dreyfus (1894-1907) y en el auge en los mismos años de
partidos, prensa y ligas nacionalistas y antisemitas en la Europa
central y del este. A corto plazo, el impacto del movimiento sionista en
Oriente Medio -enclavado en el Imperio Otomano desde los siglos XII-XIII-
fue prácticamente nulo. No ya sólo porque el movimiento sionista fuera
un movimiento europeo con sede en Viena, porque la emigración judía a
Palestina antes de 1945 no fuera numéricamente significativa (la
población judía de Israel, en el momento de su fundación en 1948, era de
650.000 personas) y porque la idea de Estado judío propuesta por Herzl
en 1896 fuese aún imprecisa y mal definida, sino por algo mucho más
importante: porque en 1896-97 no existían en Oriente Medio ni Estados
árabes ni, casi, nacionalismo árabe. También por una razón: por la
debilidad que la idea misma de nación tuvo siempre en el mundo islámico,
un mundo articulado sobre lealtades y pactos dinásticos, relaciones
clásicas y familiares, y el islam como comunidad de creyentes (de donde
se deriva el gran problema del islam en nuestro tiempo: definir el
modelo moderno de Estado-nacional islámico).
No hubo, en efecto, Estados árabes en Oriente Medio antes de 1919.
Fueron los ingleses (baste recordar Lawrence de Arabia), más que el aún
incipiente nacionalismo árabe, el detonante de la rebelión de los árabes
contra el poder turco al hilo de la I Guerra Mundial, y el factor
decisivo, por tanto, en el nacimiento, primero bajo forma de mandatos
británico y francés, de Jordania, Irak, Siria y Líbano, y aun de la
propia Palestina contemporánea. Podrá criticarse cuanto se quiera esa
política de mandatos posterior a 1919. Pero fue bajo esos mandatos
cuando se crearon las estructuras administrativas, jurídicas y políticas
que hicieron posible la formación de los Estados árabes, los arriba
citados, de la región. Gran Bretaña, cuya política en la zona fue
pro-árabe (desde la declaración Balfour de 1916, los judíos, lejos de
ser un bastión del imperio, fueron para los ingleses una incomodidad
irritante), creó literalmente Jordania, bajo el emirato de Abdullah, el
futuro rey, e Irak, nominalmente independiente desde 1930, y optó desde
1936-37 por la partición de Palestina en dos Estados, uno árabe y otro
judío (en puridad, una segunda partición de Palestina: Jordania fue
siempre, a través de los siglos, parte de la Palestina histórica. Su
creación fue, así, la primera partición de ésta).
Se podrá igualmente estar a favor o en contra de la creación de
Israel en 1948. Intelectuales judíos tan admirables como Isaiah Berlin y
Hannah Arendt no creyeron en Israel y entendieron que la creación de un
Estado judío sería contraproducente para el pueblo y la cultura judíos.
Pero si se acepta que la partición de Palestina en un Estado árabe y un
Estado judío -la tesis de la ONU en 1947-48- era, y es, la solución
justa, difícilmente podrá dejarse de admitir que la negativa de los
Estados árabes a reconocer a Israel en 1948 y la guerra que de forma
inmediata le declararon Jordania, Egipto, Siria, Líbano e Irak (contra
un Israel que era poco más que un campo de refugiados), fueron un
formidable error. Fue eso lo que creó el conflicto, un conflicto que tal
vez no tenga solución. Los palestinos, que considerarían con razón 1948
como una catástrofe, tuvieron un papel escaso en los acontecimientos.
Aunque entre 1919 y 1939 hubiera habido revueltas esporádicas de la
población árabe-palestina contra el mandato británico y la inmigración
judía, en 1948 no había verdadero nacionalismo popular palestino. La
política palestina seguía aún dominada por clanes y familias de
notables: significativamente, la Organización para la Liberación de
Palestina se creó mucho después, en 1964. En 1948 no había tampoco
política unitaria de los países árabes al respecto. Jordania aún pensaba
en un reino árabe unido para toda la región; Siria, en una 'gran Siria',
integrada por Siria, Líbano y Palestina.
Con todo, 1967, y no 1948, fue la verdadera catástrofe para Oriente
Medio. Tras la victoria israelí en la guerra del 48, aún pudo haberse
llegado a una solución. Por mandato de la ONU, que envió fuerzas de
interposición a la zona, Cisjordania y Jerusalén este quedaron bajo
administración jordana, y Gaza, bajo administración egipcia. Pudo
haberse creado entonces el estado palestino que la ONU había propuesto
en 1947. Jordania y Egipto no lo hicieron. Hasta mediados de los años
setenta, la política árabe se resumiría en los tres famosos noes que los
países árabes proclamaron en la cumbre de Jartum de septiembre de 1967:
no a la paz con Israel, no a la negociación, no al reconocimiento del
Estado judío. La nueva guerra, la Guerra de los Seis Días, que poco
antes, en junio, habían
provocado el líder egipcio Nasser y el bloque soviético, fue
catastrófica. Supuso la mayor derrota militar de los árabes en época
reciente. Hizo de Israel, que conquistó Gaza, Cisjordania y Jerusalén,
el poder hegemónico de la región y una fuerza de ocupación. Creó el
problema palestino en su forma actual: como el drama de un pueblo de
refugiados con sus territorios bajo ocupación militar permanente. La
ocupación de Jerusalén cambió Israel, un Estado creado por sionistas de
izquierda centroeuropeos que incluso habían creado Tel Aviv como
alternativa laica a la religiosa Jerusalén: 1967 abrió ante Israel la
tentación de recuperar el gran Israel bíblico y dio a rabinos y partidos
religiosos un peso en el Estado y en la configuración de la sociedad
israelí que nunca habían tenido.
Desde 1967, el problema no sería tanto la destrucción de Israel
(aunque Egipto aún desencadenaría la guerra de 1973), sino la cuestión
palestina, con la secuencia y hechos conocidos: represión, exilio y
sufrimiento del pueblo palestino; desestructuración del Líbano;
asentamientos judíos en los territorios ocupados; lucha terrorista
palestina contra Israel (la OLP y su líder Arafat no reconocieron a
Israel hasta 1989); Intifada palestina de 1987; proceso de paz de
1991-1993; creación en 1994 de la Autoridad Nacional Palestina en Gaza y
Cisjordania; asesinato en 1995 del primer ministro israelí Rabin, uno de
los artífices del proceso de paz; aparición de una poderosa resistencia
armada palestina opuesta a todo acuerdo de paz (Hamas, Yihad Islámica,
Hezbolá); retirada israelí del Líbano; mediación de los Estados Unidos (Clinton)
para lograr acuerdos definitivos; nueva Intifada (septiembre de 2000);
victoria electoral de Sharon en Israel en 2001.
enviado por Germán Pugach